jueves, 30 de abril de 2015

Un Músico Ambulante

Por Roberto Ruiz Rebo

Era casi las 3 de la tarde, cuando escuché sonar una guitarra acompañando a una voz que me hizo pensar en los antiguos aedas.  Salía yo de la Corte del Condado de Multnomah, en la ciudad de Portland, Oregón, cerca del Pioneer Square. La voz y la guitarra aumentaban su presencia en la medida en que me deslizaba por la 4ta Avenida en dirección a Morrison Street, en busca de un Subway, o un restaurante donde saciar mi hambre vegetariana. Había permanecido por más de dos horas, trabajando  como interprete en uno de los salones de la Corte y el hambre insaciable tiraba de mis tripas sin piedad.

Cruzaba ya la calle por donde transita el Max, justo en la parada de Mall, cuando divisé al rapsoda que desde una silla de ruedas no cesaba de rasgar la guitarra, desparramando en el aire una melodía agradable y persistente.  La curiosidad fue mucho más fuerte que la urgente necesidad de complacer a mi apetito y me acerqué al poeta que no paraba de cantar.
Sobresalía en su rostro una larga barba de dos colores, cuidadosamente arreglada. Era un hombre alto y corpulento cuya pulcritud no hacía pensar en un indigente, o en uno de los innumerables homeless que a diario transitan Downtown. Su ropa, sus zapatos y su aseo proclamaban a todas luces que tenía un hogar o un lugar apropiado para una existencia decente. Downtown Portland es una de esas áreas de las grandes ciudades donde transita la mayor parte del turismo y se reúnen buscavidas, homeless, artistas y músicos ambulantes.

La voz del trovador era potente,  bien timbrada y su canción era la historia de un náufrago que invitaba a la reflexión. Olvidé  mi hambre  por un momento y me detuve a escuchar al cantor a unos pocos pasos de donde cantaba erguido en su silla de ruedas. Fue entonces que note el daño de sus piernas. Su semblante semejaba estar a la vuelta de unos setenta y cinco años de edad, y aunque proyectaba tranquilidad y aplomo, eran visibles los encontronazos que había soportado en toda su existencia.

Pasado unos instantes, mis tripas me hicieron recordar que eran urgentes sus reclamos. Entonces metí la mano en uno de mis bolsillos traseros y saqué mi billetera donde apenas tenía un dólar. Generalmente, llevo pocos dólares en mi bolsillo, porque es más seguro pagarlo todo con la tarjeta de débito o de crédito. Dejé caer el billete en el estuche de la guitarra del poeta, que hasta ese momento no tenía uno sola moneda. Sin dejar de tocar el instrumento el hombre dijo: Thank you.

Aun junto al trovador, se me acerco un hombre delgado y harapiento, que de manera intempestiva enarbolaba  un vaso de cartón, mientras balbuceaba una frase en inglés, solicitando al menos una moneda. Sumergí nuevamente mi mano en uno de mis bolsillos y le entregué una moneda de poca denominación. El hombre, inconforme agitaba el vaso de cartón, solicitando al menos otra moneda. No tengo más, le dije en Ingles. Entonces fue cuando el poeta dejo de cantar y dirigiéndose al pordiosero, le dijo: Toma mi dinero, señalando el dólar que yo había puesto en su estuche.

Un rato más tarde, volví por el Max de regreso a Gresham, justo en la parada de Mall, donde aún estaba el trovador. Como tuve que esperar permanecí un poco más de tiempo escuchando la excelente música y en uno de sus cortos recesos, le pregunté porque cantaba en la calle.

-“Porque puedo cantar y necesito dinero”, me dijo sin prestarme mucha atención.

-“Entonces, por qué regaló el dinero que le di hace un rato? ,  volví a preguntar.

El hombre apretó nuevamente la guitarra y comenzó a rasgar una nueva armonía mientras miraba hacia el frente en dirección a un punto que me pareció infinito, y entonces respondió sin alzar la voz:
-Conozco la pobreza, por eso comparto lo que tengo.


El sonido de los rieles me hizo reaccionar en el momento en que la multitud se preparaba para abordar el Max con rumbo este. Entonces me volteé hacia el tren y me hundí en la multitud que ya se tragaba las voces de la gente, el sonido de la guitarra y la voz del cantor que todavía se desbordaba en el andén. 

miércoles, 8 de abril de 2015

HABANA: RAP-ZONES DEL TOQUETEO

Por Amael Rubio -

Cuánto kilómetro de diferencia real puede causarnos la trayectoria casi geográfica del Tren Lechero Habana-Portland. Buen pretexto para ejercer el peligro de la literatura y darle largas al asunto de lo obvio y lo pagano, sin resistirnos apenas a ser un poquito cardíacos y memoriosos,  al ristre con las pusilánimes armas con que contamos.

¿Cómo será ese día que logremos que el tren nuestro  -lechero y todo-  llegue de pronto a Portland,  en hora,  y de pronto regrese a la Habana pese a tanto kilómetro de palabra y de vacío interponiéndose?

La Habana nunca llegará al cero grado (al menos mientras nosotros le duremos). No importa que un Yankee de Connecticut intente  “conectarse” poniendo una pista de hielo en Belascoaín y Malecón (como avisa un neoyorquino).

Esta es una ciudad de números más allá de cero. Hoy en la mañana fácilmente había 27 (Celsius). No pasó el ómnibus (amarillo-ex-escolar-canadiense) que nos privilegia el viaje al trabajo y tuve que subirme en la Ruta 83 y allí dentro había 30, o 31 (repito, Celsius).  Hay una cierta confianza entre nosotros, los de aquí, que nos permite transpirarnos a un centímetro, sin habernos visto nunca. Cara a cara. Cuerpo a cuerpo. Hay que admitir la palabra “toqueteo”, que es ese reacomodo y aprisionamiento en punta, ante el volumen y espacio de otro cuerpo (por demás, humano como el nuestro) hasta hoy desconocido, y que volverá a alcanzar tal categoría en cuanto avancemos, o avance, o por razones lógicas, retrocedamos (o retroceda) en nuestro deshecho plan de recorrido. Todo va a transcurrir de acuerdo al equilibrio de inocuidad y firmeza con que resistamos las presiones y los roces. Hay ventaja en los de la tercera edad por la consabida mayoritaria consideración y la confianza en que ya no podemos causar mucho efecto. Por ejemplo, hoy llegué de estrujón y de Eau de Cologne hasta los sesos por una buena causa mulata que buscó protección. Tuve que admitir que estoy vuelto un individuo la mayoría del tiempo por debajo de cero (Celsius). La muchacha me lo agradeció, pero he quedado consternado.

No pongo en duda que en Portland la gente se “toquetee”.  Hacerlo  es acción humana.
No importa si son Celsius o Fahrenheit los grados de la temperatura. Leí que Portland es una ciudad llena de parques. Los locales se reúnen en los parques y son amables, más que corteses. La cortesía “es asunto de los hombres no de los amantes”.  Quién quita que un apretujón a lo Portlandia tenga tanta temperatura como uno en la Habana, todo depende del amante, o de la amante, o de los amantes.

En la calle Concordia (Centro Habana)  hay un eterno club nocturno que nos servía de cabina de urgencias a cualquier hora del día. Uno detrás de otro, como fila de coches de tren lechero, se alineaban los reservados: mesa estrecha en el medio, de cada lado una roja butaca con sospechoso espacio para dos. Licor de menta con limón y granizo. Silencioso y lejano el camarero. La luz solo en la barra. El aire frío en pocas ocasiones. Todo por cinco de aquellos pesos de los ochenta. Casi siempre el mundo transpiraba bajo las cortinas. Pero eso no era “toquetearse” casualmente. Se fabricaban hombres en horas laborables (o se desperdiciaban por gusto y por placer). Aun se llama “Los Amantes” y parece remozado, pero se nos acabó el pretexto.

Aquí siempre la gente se ha toqueteado libremente, hay soberanía en eso. Aunque recuerdo con miedo a los gay de mis becas, aquellos que los tipos duros apalearon en la noche y no tuve los "cojoncitos" bien puestos para defenderlos. Solo porque se tomaron de las manos (se las apretujaron con apresuramiento). Observo a los gay porque me produce curiosidad su dramaturgia, ¿qué los torna gay, es decir “pájaros”, “locas” como decimos? Recuerdo que una vez ayudé efectivamente a unos conocidos y ellos en agradecimiento me invitaban a sus paseos y fiestas. Una noche otro amigo mío, secretamente gay, me increpó por andar de paseo “con esa turba de maricones”. Finalmente otro amigo, nada gay este último, aprovechó que me sustituyó en el cargo por un tiempo y les retiró toda la ayuda y los hizo desaparecer de nuestro entorno. Y yo volví a quedarme callado. Por suerte, aunque todavía hace falta que los defiendan, ya no es tanto. Tienen día, organización, bandera y hasta sombrilla. Las sombrillas son un hermoso arcoíris. Mi mujer se compró una y solo lo supe cuando la abrió como un sol una tarde bajo la lluvia. De nada valió explicarle. Sin solidaridad consciente alguna, la usó hasta que un viento habanero se la convirtió en un espinazo de alambre y trapo colorido. 

En la Habana veo como se acarician las parejas gay en los ómnibus y en cualquier parte de la ciudad de manera soberana y pienso que somos mejores personas por ello. Escribí hace un tiempo que este país siempre ha sido propenso a la inauguración, por aquello del primer ferrocarril, la televisión y el teléfono. Predije allí, sin el menor indicio, que en unos años seremos de los primeros países en eliminar la casilla de sexo de las planillas y los documentos legales.  Y que, en el futuro, seremos también de los pioneros en crear una asociación para defender los derechos de los heterosexuales.

No se preocupen, habrán bancos de esperma por la libre y seguiremos siendo hombres y mujeres, lo mismo en Portland que en la Habana.

sábado, 28 de marzo de 2015

A mis amigos les doné la luna

Por R.R.R

Fue en un tiempo de crisis con una de mis mejores amistades, cuando escribí la canción a mis amigos. Estaba preparando la grabación de mi álbum “De donde vienen tus ojos”,  con el apoyo incondicional de mi esposa Dulce María Ávila y varios amigos mexicanos. Surgió la idea de componer para dos de ellos que son excelentes vocalistas. No eran canciones que estarían incluidas en el disco, sino que se cantarían en el lanzamiento del mismo. Entonces, surgieron tres canciones: 
la primera la compusimos mi amigo, el cantautor acapulqueno Juan Carlos Suarez, quien me dio el honor de hacer una hermosisima pieza de uno de mis textos, luego fue,“Saltar al vacío”, que compuse para la joven yucateca Adriana Teresinha y “A mis amigos” para el extraordinario cantante chiapaneco, Tony Martin, a quien me une una hermosa amistad desde hace algunos años. Esta última salió de un tirón, como decimos los cubanos, es decir, de una sola vez desde el principio hasta el fin. Me  emociono tanto la canción que tuve que detenerme varias veces a tomar aire. El acto de escribir sobre el tema, me obligo a examinar que había sido para mí la amistad en toda mi vida. Para suerte mía, la crisis fue superada y los afectos han vuelto a donde siempre deberán estar.











A MIS AMIGOS [Haga click para escuchar]


Mis amigos son como la lluvia,
que mojan los cultivos sin permiso,
son como las estrellas, tan lejanos,
y me vienen a ver sin compromiso.

Mis amigos son mi geografía,
son mi prosperidad, y mi alegría,
y a veces son caprichos de ese niño
que habita en la heredad de la porfía.

Mis amigos son aves de paso,
las hojas verdes, también las caídas,
pero se quedan como las heridas,
cuando se alejan en un largo abrazo.

A mis amigos debo la divisa,
con que compré el ropaje de mis sueños,
por eso mis amigos son los dueños,
de más de la mitad de mi sonrisa.

A mis amigos les doné la luna,
con todo el arsenal de mi tristeza,
y para consolarme sus fortunas
me dieron y yo les di mi cabeza.

Esos amigos son mis primaveras,
y suelen ser calor en mi verano,
son como tallo tierno en el otoño,
pues mis amigos son como mis manos.




jueves, 26 de marzo de 2015

Retrato al Carbón de Juventino Adulto.

Por Amael Rubio.  

…y cómo lo vio tan bruto

Juventino soñaba que era blanco. Su rostro perfecto de africano se volvía níveo en medio de la fase REM. Los negros agujeros de su nariz se tornaban de un rosa transparente entre una fina maraña de capilares azulosos. Sus bellas manos de chimpancé relucían como guantes de sirviente de hotel. Cuando despertaba, la vergüenza le cubría el cuerpo negro y se engullía en si mismo; temeroso de que le quedara algún rastro del color de la noche anterior.

Era un hombre de letras, profesor de escuela secundaria y lector tenaz de poesía y narrativa cubanas. Tenía sin embargo una pobre voz de gato ensortijado que le impedía declamar los versos del Poeta Nacional con la requerida voz de lucumí con trasfondo de rumba. Era parco y moderado y exigía a sus alumnos respuestas breves a sus breves preguntas.

En los días del sueño era hermético como una caja fuerte. No aceptaba favores. No cabeceaba en los ómnibus en sus viajes de regreso por temor a empezar a mancharse de blanco ante la presencia del resto de los pasajeros.

Azela, su mujer, una mulata de cuerpo descomunal, todas las noches al acostarse se abría en tijera perfecta ante sus ojos y le ofrecía, como de estreno, su entrepierna copiosamente cubierta de un vello boscoso que se extendía por el interior de sus muslos de  hierro hasta casi el comienzo de las  rodillas.  Lo hacía para molestarlo y a la vez recordarle que llevaba años sin cumplirle. El prefería correr el riesgo terrible de decolorarse antes de arriesgarse al naufragio en la maraña aquella.

Ella también era una mujer de letras, profesora de historia, fumadora empedernida. Mujer de otros.  –Por necesidad- se justificaba.  Ni a ella le había contado Juventino su aterradora experiencia onírica. No porque pudiera divulgarlo. El sabía cómo exigirle una extrema confidencialidad y ella como cumplirla. Es que no veía cómo pudiera ayudarle y corría el riesgo de que se burlara y le numerara entre risas las ventajas de llegar a ser blanco “en una sociedad socialista”.  La infalible coletilla que utilizaba cada vez que alguna ley o medida del gobierno la afectaba personalmente. El nunca respondía a la provocación. Solo chasqueaba la lengua y se alejaba silencioso.

Pensó que un hombre inteligente no se deja vencer tan fácilmente. Fue a la biblioteca del centro de la ciudad y se asombró de volver a hallar a la misma mujer de cuando se hizo el carnet de socio allá por los catorce. Conservaba el mismo cabello largo ligeramente ondeado traído al frente sobre el lado izquierdo, ahora ligeramente cano e hirsuto, reposando inquieto sobre la débil huella de un seno que fue hermoso. No lo reconoció aunque el la llamó por su nombre inolvidable y breve. Con su ayuda solicita consiguió varios textos y los leyó ávido allí mismo en la desierta sala de lectura. De nuevo topó con las referencias a los procesos REM que ya conocía y con el intenso Die Traumdeutung de Freud, desconocido para el hasta ese momento (a Freud lo conocía por la fuerza de una biografía que había leído en la cercana juventud y las discusiones sobre el psicoanálisis y la sexualidad tan populares en el Pedagógico).

Consultó con ella la posibilidad de una búsqueda en internet. El nuevo servicio se anunciaba en ariales oscuros sobre una hoja de papel pegada con cinta adhesiva a la izquierda del mural, justo debajo del anuncio del “libro de la semana”.

-Tienes que llenar una planilla y tener un motivo importante para que el director autorice la búsqueda-.

Le dijo en un tono sospechosamente conciliador; aunque dándole un énfasis especial a las palabras “motivo importante” para que parecieran una barrera no fácilmente franqueable.

-Es para el trabajo. Soy profesor-. Le dijo con su habitual maullido.

Ella lo sopesó con la mirada y le espetó. – ¿No será que tienes malos sueños y quieres saber la causa?-. Sin dejarlo contestar siguió. – Yo se lo que es eso. Tengo pesadillas todas las noches. Me acosan cadáveres podridos y me desangro entre las sábanas. Lo peor es que no puedo gritar. Soy casi consciente de que si no despierto moriré. Finalmente logro vencer la angustia y grito, entonces despierto. Últimamente sueño con mujeres sádicas que me besan y me ultrajan. A mí que nunca me han gustado las mujeres...mi último marido salió huyendo en una de esas noches de gritos y terror-.

Sintió que le había dicho lo del marido huido “para su conocimiento y efectos” y por un segundo tuvo deseos de confiarle su trastorno onírico con la melanina. Después de todo podía decirse que la bibliotecaria era una vieja conocida; aunque hiciera como veinte años que no la veía. Claro, -Clara se llamaba ella- los mismos que el no atravesaba el antiguo recinto de la biblioteca. A favor también estaba que ella no era de su estrecho círculo de conocidos y no habría riesgo de que lo comentara. Aunque pensó que eso no era seguro –nunca se sabe-. Los orientales somos gente gregaria y como decía su propio padre – conocen hasta al pipisigallo-. Lo malo es que era blanca. Se pondría a favor de la descolorante transformación y probablemente se le ofrecería en bandeja de plata sin el menor remilgo. Desde joven, a Juventino le gustó mucho su pelo sobre el hombro, las piernas parejas y los senos pequeños pero firmes, pero siempre se detuvo en que el era el carboncillo y ella el fondo níveo del retrato del amor. Nada que ver sin una mano diestra.

-Fui al psicólogo, al psiquiatra y a la cartomántica. Esa si supo explicarme y darme algunos remedios que a veces resultaron-. Continuó hablando como si el con su silencio le hubiera dado pie. –Me dijo que los sueños premonitorios existen, pero son difíciles de explicar porque son lo contrario de lo que reflejan, aunque no hay nada seguro. Si sueñas con la muerte es seguro salud, para el muerto o el enfermo; si hay tormenta es bonanza… ah, y si son números con los que sueñas son cábalas falsas que, en el mejor de los casos, se consiguen poniéndolos al revés-.

-Pon los zapatos en cruz bajo la cama y el clásico vaso de agua. Búscale una explicación práctica a tu sueño y confía en que no va a volver-. Le dijo en un susurro inclinándose sobre el oscuro pabellón auditivo de Juventino. El sintió la cercanía y aunque lo disfrutó se alejo un centímetro.

-Lo malo es que en cuanto pierdes la fe ya el remedio no sirve y el terror vuelve-.

Hizo un gesto con la cabeza para agradecerle sus palabras y a la vez recordó que su carencia de fe era innata y definitiva.

Llenó la solicitud de la búsqueda en Internet y le agradeció de nuevo en un tono más íntimo. – Gracias Clara, pero no es mi caso. Es solo para informar a los alumnos-. Se enorgulleció de su propia resistencia.


Antes de dormir vio sus zapatos parqueados junto a la cama como dos autos. Se acostó sobre el lado derecho, de espaldas al espacio vacío de la mujer que aun deambulaba por el cuarto.


La rutina del sueño llegó como un flechazo…por más que lo intentó no pudo comprobar si su piel había vuelto a cambiar. No podía ver. Extendió los brazos y palpó el cuerpo de Clara jadeando de placer entre el musgo abundante de los muslos de Azela. El sueño siguió hondo e igualitario…

lunes, 23 de marzo de 2015

Un Amigo es un Peso en el Bolsillo

Por R. Ruiz Rebo

Mis amigos son unos atorrantes,
[…]
se pasan las consignas por el forro,
y se mofan de cuestiones importantes…

Joan Manuel Serrat

Desde muy joven escuché  muchas veces una sentencia que  luego la vida me ha obligado a examinar: “…un amigo es un peso en el bolsillo”. No recuerdo si fue mi madre la primera persona que dijera algo así en mi presencia, pero estoy seguro que fue entre mis familiares que más la escuché durante la infancia y la adolescencia. Fuimos gente de contar diariamente los centavos que entraban a la casa para sobrevivir en un tiempo en que era difícil encontrar trabajo en mi país, aunque mi padre se levantara temprano todos los días y se fuera a la calle para lograr nuestra supervivencia. Así crecimos en una familia de seis hermanos y hermanas. Sin embargo, pese a la frase, me resulta difícil imaginar la vida de mis padres, las de mis hermanos, y la mía propia sin nuestros amigos y amigas.
Foto del autor

Mi padre fue un hombre que no cultivó gran número de amigos, pero recuerdo uno de sus más cercano. Era un hombre a todas luces pobre, su nombre era bastante difícil de pronunciar y se me ha perdido en algún recodo de la memoria, pero el señor conocía bien a mi padre y sabia de primera mano nuestra situación económica. Él, aunque pobre, estaba en una posición más holgada. Siempre que nos visitaba, aparecía con alguna cosa que pudiera paliar nuestras necesidades de alimentos. Su única recompensa, era tener un rato para conversar sobre sus años mozos con mi padre y darnos algún consejo. Siempre imaginé que era lo único que esperaba a cambio.

También recuerdo a  Zoila, una gran amiga de mi madre, con quien ella siempre planificaba paseos dominicales con toda la prole. Siendo niños, nos íbamos de excursión al rio Guaso o a la playa Yateritas, y en los días de carnavales, nos íbamos de paseo todos los niños y las niñas, con ellas dos de guardianes. Eran momentos felices de aquella infancia llena de carencias. También las recuerdo juntas planeando y preparando dulces caseros y comidas exóticas, o cuchicheando quien sabe qué asunto o tema que las hacia reír en total complicidad. Zoila es una mujer de carácter fuerte, mi madre y ella muchas veces se enojaban, pero se querían de manera incondicional y era hermoso verlas juntas. Mi madre murió, pero hace pocos años  pude visitar a Zoila en Miami, y recibí de ella, ya en edad avanzada, y de todos sus hijos, aquel cariño de siempre que me hizo recordarla junto a mi madre. 

Foto del autor
Las amistades no pueden sustituir a la familia, como tampoco la familia sustituyen el papel que en nuestras vidas tienen las amistades. Ahora que me falta alguna presencia, puedo imaginar la oscuridad de alguien sin amigos, ellos han sido para mi, las islas que me han servido de refugio y motivo para esquivar la rutina, y para querer y cuidar más a mi propia familia, y tambien el incentivo permanente para aceptar los retos que me han impuesto ciertas situaciones existenciales, que no he querido compartir con mi familia para no lastimarla o cargarla demasiado con preocupaciones estresantes en un momento determinado.

No tengo amigos perfectos. Pienso que no hay amigos perfectos como tampoco hay hijos, ni padres, ni pareja perfecta, porque somos seres humanos y nada es perfecto entre humanos. Mis verdaderos amigos nunca dicen de mi lo que quiero oír, a no ser que quieran apoyarme. Un amigo te dirá la verdad, su verdad, lo que piensa de cualquier asunto, sin tapujos ni mentiras. Y nunca lo dirá para herirte, aunque talvez sus palabras te hagan un rasguño sin quererlo. Eso hay que entenderlo, y perdonarlo.

Hace poco más de dos años, compuse una canción, para la voz un gran amigo, un excelenta cantante mexicano, es una pieza que me gusta mucho porque sus versos me fueron estremeciendo al tiempo que la escribía. Aquí se la dejo para que viajen un tramo con nosotros en el Tren Lechero, que ya sabrá Dios donde hará la próxima parada.


A los que aborden el tren les deseo buen viaje.








martes, 17 de marzo de 2015

ECONOMIA LITERARIA EN LA HABANA…

Por Amael Rubio Acosta

A Cerviño y Castellanos, par…

En la librería de la calle Obispo hay bellas mujeres revoleteando entre los estantes. Andan de ajuar breve, con el pelo en desorden. Con aparente inteligencia y cuidado hojean los textos con olor a pegamento caro. Seguro que exagero. Probablemente sean mujeres descuidadas que fingen intereses literarios para atraer a algún joven talento que les suba la falda, o simplemente  madres en busca de un texto que sirva de pócima para calmar los bríos de esos niños que en Cuba a veces llamamos “chiquillos” con un espacio en blanco detrás o delante, para agregar términos como  “malditos”, “insoportables” y hasta “cabrones chiquillos” (con perdón).   


Pero yo tengo el mal de que por cualquier causa las mujeres me parecen hermosas. Excepto la que no tiene causa alguna, pobrecilla. La vista me engaña a cada rato y donde debería ver brujas veo otra cosa mejor. Por suerte casi siempre corrijo el tiro. O simplemente: no tiro. Estoy por los años del  preparen…apunten, pero de fuego nada. Más bien despreparen y desapunten.


El asunto es que voy casi todos los días a la librería Fayad…y no a revolotear (aun siendo otra época, “revolotear” para nosotros siempre ha significado algo raro)…voy a ver libros. Así con todas las letras, porque según las solapas los precios de los buenos libros compiten, cuando menos con los del paquete de perros calientes. No puedo negar que leer es nutrirse, pero no precisamente de proteínas, grasas y carbohidratos como lo requieren las ancestrales normas de la sobrevida. 


Un pequeño burócrata cubano del 2015, no puede aspirar a mayor concentrado sanguíneo y mucho menos a un buen texto si el presupuesto viene solo de su salario estatal. Así que simplemente me abstengo de comprar y solo cumplo el rito del paseo literario libre de gastos, (y casi de energía corporal, lo hago a paso breve y respiración pausada). Primero despacito por los títulos: los infantiles, encantadores: el cangrejo ermitaño, a escobazos con los caballos, damitas crueles, las magas en la cocina… (en días festivos le compro alguno a los nietos y les borro el precio con cuidado).


Luego paso por los estantes de los narradores, los ensayistas y el resto (los historiadores, los científicos, los políticos, etc.) y finalmente por el de los poetas -mis preferidos-. Primero los cubanos y luego los otros (qué cubano-cubano no cree que Cuba es el centro del universo).  A veces encuentro un texto de algún amigo, a los amigos los trato con “deferencia” y confiado les leo un par de versos. Una vez le dije a Soleida (Ríos) en medio de una noche caldosa de Santiago. “-Yo a Ud. la admiro, aunque a veces estoy cansado-” Justificando que pescaba improductivo en las profundas aguas de  aquella discusión de “alta poesía”.  Luego hasta me plagiaron la frase.  Hoy leí en su libro ESTRIAS: “todos mis libros son iguales y tienen los dientes amarillos igual que el sol…”


A veces me dan ganas de comprar alguno. Pero no es solo por el dinero, también parece que me he quedado leyendo los mismos libros de la juventud. Aquellos que me recomendó allá por el año 74, Efraín Nadereau, parapetado detrás de un resplandeciente sello de la UNEAC en el lado izquierdo del pecho… y luego todos los que se han ido atravesando en mi camino por tantos años. Aun prefiero textos sostenidos en el aire por algún arriesgado equilibrio de ficción, algo con túnico blanco de gasa trasparente que se le vea la música del cuerpo. Hoy hallé uno: Las Comidas de Lezama. Me quedé con ganas de comprarlo, pero no alcancé a los 15 pesos.  

domingo, 15 de marzo de 2015

A propósito de Portland

Por Roberto RR

El día que llegué a Portland, recordé mi primer viaje a Dublín en un vuelo de Aer Lingus. Solo yo iba cubierto, abrigado, mientras los demás andaban  en pullovers y ropa ligera. Y es que para ellos, apenas comenzaba el verano, mientras que yo, en verdad, ignoraba en qué estación del año me encontraba. Lo cierto es que sentía como si el frío me quemara. Quizás era porque venía con el rabo entre las piernas, después de un largo tiempo  en Miami, donde las temperaturas son demasiado elevadas y el calor no siempre acaricia.
Foto del autor
Pero debo decir que sentí el primer abrazo de Portland a través de mis familiares a los cuales acudí en busca de apoyo.  Porque al llegar, me dominaba la incertidumbre, la zozobra  y el miedo a fallar en un territorio desconocido. Me sentía a merced de mi propia suerte y marcado por la fatalidad que me había perseguido de manera tenaz hasta ese momento. Llegar a esta ciudad oregoniana fue como alcanzar un oasis después de muchas horas atravesando el desierto. Me impresionó la hermosura de su paisaje, el saludo y la sonrisa de los transeúntes al cruzarme en la calle y la cordialidad de cada institución donde fui buscando empleo, aun cuando cada uno de mis esfuerzos siempre hallaba algún obstáculo. Vivir fuera de Cuba me ha obligado a enfrentar un montón de realidades. No bastaron mis viajes por Europa, ni mis dos años en África,  y tampoco mí permanencia de casi tres años en México. Hay un punto en que se siente que ya no hay marcha atrás, que ya no habrá regreso,  y es entonces que comienzas a cuestionar tus propias esencias. Cuando no vives en tu país, la necesidad de adaptación y de aprehender la nueva realidad de tu entorno, te obliga a adoptar hábitos y costumbres ajenas, que luego harás tuyas, y en ese mismo camino, hay una fuerza que te mueve a reafirmar tu identidad. Si cierto es que los cubanos tenemos características que nos distinguen, [y no son precisamente las que habitan algunos  mitos] los seres humanos en todas partes tenemos más cosas que nos unen que las que nos separan. The more together we’re, the happier we’ll be… [Mientras más juntos estemos, más felices seremos] así dice una canción que escuche a unos niños de Kindergarten hace apenas unos días. 
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Y estar juntos, a mi modo de ver la vida,  es sobre todas las cosas abrazar la diversidad, porque a fin de cuentas, todos los motivos de la igualdad están precisamente en la diversidad de cada ser humano que pisa esta tierra.
Los Estados Unidos y los americanos también tienen el fantasma de los buenos y malos mitos. Aquí en esta ciudad se me deshicieron muchos de esos mitos. Aprendí que los Americanos no son todos rubios y de ojos azules, que no son fríos y calculadores todos los del norte, y también que la sociedad y los ciudadanos de este país, son más nobles que arrogantes, mucho más tolerantes y flexibles que rígidos y severos. Y aprendí también que realmente ignoraba cuantas cosas  urge cambiar en este mundo.