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sábado, 21 de mayo de 2016

HablarlaHabana… 20 de mayo, 2016

Por Amael Rubio Acosta
Roberto… 
Te invito a ejercitar sobre google “la Habana se inunda”, en estos días que la lluvia ni se asoma por el Caribe y dan casi lástima esas hermosas neoyorquinas en la calle Obispo -rojas como cangrejas- bajo la endeble investidura del lino y el ojo cubano que las encuera. Pero es cierto; se inunda de cualquier aguacerito irrespetuoso y hay que correr a salvar enseres o a hacer fotos para redundar que es cierto. Se nos llena tanto de agua que los augurios de que se alcanzará la sobriedad eterna son desestimables. 

La Habana siempre se inundó de surrealismo y nubes oscurísimas, de gritos y de sábanas (blancas), de tipos raros y de maricones floridos, de guapos y “disparadores”, de carteristas y vendedores de mierdas, de policías orientales con novias jineteras, de pre-balseros, de opositores y de rostros: dobles, sencillos y triples como cuartos. De borrachos y santeros, de chinos y chinas. La ciudad también se nos colmó de otros orientales (no policías) y demostró que si resistía, por mucho que se repitiera lo contrario, (yo llegué un día en el Tren Lechero y tuve que vadear invisible los gritos de ¡Víbora! que me espetaban los boteros. Me fui a buscar, con el agua en las rodillas, una serpenteante guagua que por casi nada me diera un espacio pequeño frente al mar inundado de adivinadoras en la calle San Lázaro, muchos años antes de ser comido por esta bella Víbora que hoy deshierbo señor). 

Diseño Roberto Ruiz
Por fortuna un día descubrí a las mujeres que inundan la Habana. Las mujeres del cine, a Isabel Santos, habanera de Camagüey, o a Laurita (como dice la mía) de la Uz, una mujer del medio de la Habana; y ahorita mismo Ana de Armas (Tomar)… de aquí y de allá y quién sabe de dónde pero que me deslumbran como el brillo del agua que entra por mi salita haciendo dibujos alocados y buscando como gatos los rincones secretos. También las sumergidas mujeres del ballet, las Joyas, las finezas, las alicias, como huracanados vientos hembras. De ahí las Floras, las mujeres pájaro. Las voces, las Omaras, la Beatriz, las impuras, las piernas desaforadas, las grupas, que me llevan en vilo por la calle de Egido. ¿Dónde cabe tanta mujer de luz? Es normal que se salgan, se desborden.

Renacimos en el 671 de Compostela entre Luz y Acosta, casi bajo el Arco de Belén y las tardes del cine Ideal nos llevaron con Cantinflas a probar nuestra suerte de habaneros y a escribir versitos para que naufragaran sobre el agua que se escapa ya incapaz de dibujo, gorda y mezclada,(-no te mojes, no importa, son sus versos-…) amenazante. El agua es la primera escuela y el primer ejercicio de fuerza por la mínima espiral. El agua corre por la luz y alguna vieja mansión se desploma y cobra a los pobres inquilinos con algún que otro hueso. Aunque la cuidad es un salvavidas y morir se vuelve un martirio en esta urbe. De ahí nos fuimos lógicamente ilesos, ya ciudadanos, habaneros. 


En la Habana la zanja real se convirtió en calle y en asunto turístico. La ciudad se inundaba antes de nacer Habana y antes de ser famosa y ciudad maravilla y hayan vuelto las americanas y los americanos a brincar charcos y a guarecerse bajo las columnas de Alejo, alumbrados de asombro bajo las luces de Alejo, carpintero de música y texturas y hombre de nube negra y de tormenta que viene del mar avistada demasiado tarde, sin pronóstico seguro…Mar de fondo de hombre y mujer que fornican bajo la vida infirme (mientras más llueve más fornican). 

-Ya veremos, cuando la luz se recolore, los estragos del agua. Ya nos resarciremos de la buena suerte que trajo. Ya escribiremos otros versos mejores cuando se salga el agua –

Se lava a fondo la Habana cuando se inunda y luego brilla renovada y pulcra.

sábado, 29 de agosto de 2015

RENTAR EL VERANO EN LA HABANA

POR AMAEL RUBIO.
Hola hermanos, aquí volviendo de la noria y la sofocación...el verano
no es para disfrute de la mayoría de nosotros, “los habaneros”. En
realidad lo que muchos hacemos es sufrirlo. El turista lo sufre
también un poco, al principio, pero finge y finalmente lo disfruta
porque con dinero el verano es otra cosa...como casi todo.
Recoge los matules
Foto Amael



Ya tengo otro alquiler, otra renta, otro lugar para alargar mi record
de 20 anos cuasi "homeless" en la Habana, esta vez costó un poco más caro, casi en los límites de la factibilidad de vivir en esta urbe que hoy se deja dominar por el solazo. 



Ahora vivo en Santos Suarez, entre los límites de Luyanó y la venenosa Víbora. Debo investigar sobre sus orígenes para no pecar de foráneo. Parece otrora asentamiento de clase media. Aunque sus calles llenas de baches que semejan cráteres lunares reflejan el concepto cubano-soviético de que los objetos, los recursos, y hasta algunas instituciones son eternas (claro, no los hombres. Los hombres
mueren...) y no requieren ni del más mínimo mantenimiento o renovación.


Vuelve el sosiego y se pacifican las diástoles y los niveles de
Foto Amael
glicemia. Ahora daremos pasos -y pesos- para el mejor acomodo y de inmediato: A pretender de propietario. No hay de otra. Ahorrar para comprar una vivienda con estos salarios estatales sería conseguir el apartamentico que me gusta para el 2040 y de seguro me cremarán antes. 


No soy de los seguidores del conocido Dr. Selman que planean llegar a 120 los anos. Creo que la gente que nos ama también tiene derecho al descanso -después de tanto amor-. Mucho más si son tantos los amadores. Yo, por ejemplo tengo un familión enorme -sin incluir a los hipócritas- y un chorro de amigos y amigas, también con algunos 
excluibles. 

¿Y qué decir de los enemigos, los envidiosos de esta salud de
herrumbre, o del humor implacable con que enfrento el desatino del día
a día trastocando lugar y momento tan exactamente como si estuviera
programado? A ellos también hay que darles alguna vez la alegría de no
volver a chocar con esta sonrisa bobalicona.


Por cierto, puse un sms a los amigos más cercanos a propósito del
acontecimiento y solo uno contestó: "en lo que pueda ayudarte" y de
hecho ayudó. De seguro, debí haber hecho lo mismo con los enemigos,
los hipócritas y los excluibles.


El carro de la mudanza era un camioncito chevrolet del 1936. En un
recorrido de 2 km hubo que refrescarlo un par de veces, dar apretones
nada amistosos a los cranes de las ruedas y echar generoso aceite a la
"caja de Pandora" (de velocidad). Si, si...si (como decía un viejo
maestro de filosofía), pero… pude pagarle el precio que me cobraba y a
cambio, no solo me transportó al nuevo domicilio sino que usó una
mágica cuerda amarilla que facilitó -e hizo alguna mella- el trasiego
de nuestros queridos tarecos (por favor, lea muebles) en su complicado
proceso de carga y descarga. Algo importante, la reina viajó en una
calesa del siglo XVI y yo hice algunas fotos para graficar el evento.

Mudarse a un barrio nuevo en la Habana significa que la gente te mira con recelo, mucho más si no haces el cambio (oficial) de dirección y de la libreta (de abastecimientos). Pese a que está legalizado el negocio de la renta, para la gente eres aun un poquito “ilegal”. Te presentan a la compañera de Vigilancia y no te dicen que la señora acaba de llegar de Nueva York donde estuvo 3 meses con los sobrinos y el tio Sam. Pero, por fortuna, el cubano se desalmidona rápido y de pronto te llama “socio”, “asere” y en menos tiempo de lo que piensas te dice (a sotto voce) hasta los teléfonos de la gente que vende la roja, la verde y la amarilla en la zona. Confirmado: Gente de Zona.


El que vive rentado en la Habana no sabe cuanto le va a durar la
renta, el dueño se guarda para si esa arma secreta. Lo más que se
puede hacer es exigirle que lo anuncie con suficiente antelación, pero
eso solo depende de las circunstancias y del tipo de dueño que te
echaste.


De todos modos ya pagué mi primer mes y creo que está seguro. Ahora a
disfrutar de ´“MI CASA” y a invitarlos a todos a que tomen el Tren
Lechero que va de La Habana a Portland y me visiten por un fin de
semana. No hay que exagerar…

miércoles, 10 de junio de 2015

Las Camisas de Trabajo de mi padre

Por Amael Rubio.                                                                                                      
A Jorge Luis Acosta.
Parque Marti
Nunca olvido las llamadas “camisas de trabajo”. Eran unas camisas, casi siempre grises, de tela parecida al kaki, de mangas largas, casi militares, con tapas en los bolsillos; muy adecuadas para el corte de caña y para otros trabajos manuales, aunque quizá demasiado calurosas para el fuerte sol de Cuba. En algún momento las dieron en las becas y en los centros de trabajo y creo que las vendían en las tiendas de ropa de aquellos años 80. Mi padre dirigía una brigada de la construcción  y andaba por los campos construyendo campamentos y centros de acopio para la cosecha de café y otros productos del agro; tuvo varias camisas de trabajo, grises, azules, etc. Recuerdo que mi madre se las planchaba en las noches. Ella se iba quedando dormida con la plancha en la mano, y claro, en ocasiones quemó alguna y recibió la reprimenda del viejo que cuidaba con celo su ajuar laboral.
Un día nos reímos mucho; porque el viejo al ponerse una en la mañana, apurado por irse, no se percató que mi madre había olvidado plancharle las tapas de los bolsillos. El viejo se bajó del carro que lo llevaba al trabajo hecho una fiera y entró a la casa con aquellas tapas arrugadas a los lados del pecho,  semejando dos puntiagudos senos de adolescentes. Nosotros, que nos apresurábamos para la escuela, no pudimos aguantar la risa y hasta el, que era tan serio, acabó riendo aunque sin dejar de pelear.  
Emilito era un amigo adquirido por la relación con mi primo Luis, con el que estudié un tiempo. Era un “jabao” alto y fuerte, con la boca llena de  frases callejeras y el cuerpo adornado de gestos marginales y mucha bravuconería. Sin embargo, con nosotros era un amigo fiel que  se contenía y con frecuencia disfrutábamos de su compañía. Era asiduo a nuestras fiestas y algunas veces fuimos juntos a lugares donde, al final, Emilito se enredaba en una pelea que acababa con la paz del lugar (quien sabe si por envidia a los que habían tenido más suerte que él esa noche). A mí siempre me dio la impresión que lo hacía solo por disfrute y por demostrar, una vez más, el efecto fulminante de sus fuertes puños.  
Calle Carlos Manuel
Una noche bien tarde, Emilito tocó en la ventana de mi cuarto -que daba a la calle- y me llamó con sigilo. Cuando abrí la puerta, supe de inmediato que esa vez, mi querido amigo, no había salido bien parado de la pelea. Dijo que se había enfrentado a varios tipos en la Pipa (cervecera) de la calle Máximo Gómez y el 5 norte. Sangraba por la nariz y estaba lleno de rasguños y moretones. Pero lo peor es que la vieja camisa a cuadros azules que usaba ese día se la habían hecho trizas en el cuerpo. Pidiéndole que hiciera el menor ruido posible lo dejé entrar al baño para que se lavara. Tenía también la cabeza y el cuerpo llenos de tierra. La revolcada había sido olímpica. Aun así, no podía conseguir que se mantuviera callado, narraba como había descalabrado a aquellos matones, a la vez que me mostraba, con perfecta pantomima, como había utilizado sus mejores derechas, zurdas, sus ganchos y su infalible esquiva. Bailaba en sus pies como un estilista en la penumbra de la sala a solo 5 metros del cuarto de los viejos, sin reconocer por un momento la visible golpiza que le habían propinado esa vez.
Por suerte, logré calmarle. Le pedí que se fuera a su casa y fue cuando me dijo, con toda lógica, que –necesitaba una camisa-. Ni pensar en mis camisitas tallas SS (super small). El necesitaba algo bien grande. No dudé. Busqué en un lugar donde mi madre guardaba la ropa limpia y le di una de aquellas camisas legendarias de trabajo de mi padre. Si oprimo la memoria, puedo asegurar que era azul, bien oscuro, sin planchar. Emilito sin decir una palabra salió con “su camisa” con el sigilo de los ladrones y la alegría de saber que el que tiene un amigo “tiene un central” pero además, tiene a su servicio hasta las camisas de su propio padre.
Al día siguiente, Emilito vino a agradecerme el gesto en plena tarde luciendo la azulada camisa de trabajo de mi padre -ya bien planchada-; quien de inmediato la reconoció y le espetó en plena sala –Ahora mismo te vas para tu casa, te pones una camisa tuya y me traes la míaLIMPIECITA- Deletreándole con fuerza la última palabra.
No les cuento lo que me dijo el viejo a mí. Emilito, respetuoso, no le contestó. Pero, en vano esperamos la camisa.

Hace ya mucho que nuestro Emilito desapareció en un viaje aciago a los Estados Unidos. Algunos dicen saber que murió en otra reyerta. Mi padre también murió en otra pelea (contra el cáncer). Las camisa de trabajo ya no tienen importancia alguna para nadie, pero el recuerdo es una joya que comparto.

martes, 26 de mayo de 2015

Salvas de bienvenida


Vibran despavoridos los cristales del museo  

y dentro

las estatuas restauran el antiguo temor

(celosamente oculto)

bajo el destello de las estrellas de general…

Las magníficas porcelanas de sevres

adquieren un tenue matiz de desbalance

y estrenan poses imperceptibles…

Las banderas se apresuran al añorado contoneo del 

mástil…

Los retratos aprehenden sismos y diluvios 

(y mejoran del asma)…

las trazas huyen a lo profundo de las declaraciones

(mientras rumian mayúsculas)…

Solo las armas resisten impasibles en su vitrina 

hermética,

sin el menor temblor.

No se si prepotentes o sumisas…                                                                                                                                         

                                                                                                            


Hace exactamente dos días, temprano en la mañana, llegábamos a la Habana por la calle que nos lleva a la Plaza de Armas. Justo entrando al parque empezaron los cañonazos. Casi todos nos sobrecogimos visiblemente, pero nadie corrió. Solo los perros buscaron refugio iluso bajo los arbustos del jardín. Al tercer cañonazo corroboramos, casi con un aullido, que era solo un saludo a algún petulante entorchado extranjero. Ya frente al museo de la biblioteca Martínez Villena (donde agoniza Obispo) me estremeció de nuevo el modo en que amenazaban con desplomarse los nuevos cristales de su amplio portal, por efecto de la onda expansiva. Por suerte los 21 cañonazos no fueron suficientes. Algo faltó además de la intención.
(Hace unos años me propuse no volver a intentar la poesía, porque la considero arte de privilegio de muy pocos. Así que esto no es un poema, es solo la memoria de un susto contada desde dentro del museo). 

lunes, 11 de mayo de 2015

El PRECIO DE LA FILOSOFÍA (un relato de la guerra)

                                                                                          Al mocito y  Frómeta, a Marcos, cadetes… (También a ti hermano).

- Eso de la felicidad para mí es cosa del capitalismo. Ser feliz es algo individual…que no cuenta con el vecino, ni con el amigo, y a veces ni con la propia familia. ¿Alguna vez, tú oíste a Fidel hablar de la felicidad?- . Siguió diciendo que también era una palabra cursi, de novelita rosa. ¡Ay de los que tuvieran cojones de ponerla en un poema o en un cuento actual. Seguro que sonaba flojo, superficial. –Es un concepto pequeñoburgués-. Dio fin a la discusión, a la vez que señalaba al teniente que se acercaba. Lentamente fue adoptando la posición de atención para saludar al oficial justo cuando este llegara al lugar exacto en que no parecería una adulonería de su parte. 

 Sabíamos que cuando se mandaba a hablar era como un torrente y no importaba si las aguas se escapaban por un rato, poco a poco él las iba trayendo al cauce, envolviendo y desenvolviendo ideas como un mago. Lo que más nos gustaba era que no la ponía tan difícil y que no arriesgaba mucho, por ello se podía confiar en sus fuentes y sus datos; aunque siempre generales se acercaban mucho a la verdad, al menos eso decían los que se habían atrevido a comprobarlo. Le decíamos el Filósofo. Todavía recuerdo que jugaba el right field y era malísimo, y cuando se le caían los flais, la gente le gritaba: -filósofoooo, hijueputaaaa…-.

Pero su fuerte era hablar, explicar, razonar…largo como una calle, con una lluvia de datos y detalles increíbles, muchas veces insoportable. Un “muelero”, cualquiera diría. Aunque a mí me pareció siempre que se tomaba el asunto mucho más en serio y que se preparaba con cuidado, buscando el momento y el sitio adecuado para darnos una lección de conducta, de política, de relaciones, de cualquier cosa. Ese lugar siempre fueron las últimas dos literas del dormitorio, las pegadas a la ventana, en la que nos amontonábamos en la cama de arriba, 4 ó 5 hombres en una y 4 ó 5 en la otra. -Cadetes…-. Nos llamaba el Filósofo con aquel humilde aire de superioridad, cuando nos daba el placer de creernos que la respuesta era para alguno de nosotros solo: nos la comíamos con los ojos, con la boca abierta, con la respiración.  Parecíamos lo que en realidad éramos, dos equipos en competencia tratando de demostrar cada uno lo poco que sabíamos de la vida, o de entretener la noche hasta la hora del silencio, lejos de la presencia de los instructores que aprovechaban para darse una escapada por el pueblo –a limpiar el fusil-; nos quedábamos en aquel lugar donde todo el día se volvía entrenamiento para matar o morir… -Dignamente- agregaba el Filósofo, cada vez que abordaba el asunto con un dejo irónico al que nunca le dimos mucha importancia.

Cuando hablaba de la guerra era como una película. Se llenaba las manos y el cuerpo de gestos y fintas, y la boca de detonaciones y humo. Aunque nunca contaba las batallas, solo las analizaba: las tropas, el campo de operaciones, el armamento; la estrategia, la táctica, la acción, la victoria o la derrota. Si acaso mencionaba a los generales, porque los admiraba o por hacérnoslo saber a nosotros los ignorantes perpetuos. Los hombres eran solo número. -Igual que usted Cadete, que ha nacido en esta tropa con un número y con ese mismo morirá en la próxima escaramuza, porque ya tiene “cara de baja”-. Se echaba a reír en el rostro del guardia que no acababa de entender el fondo macabro del asunto.

Tenía sus contrincantes. Gente que se atrevía a traer al ruedo temas interesantes, nada de boberías o de mujeres. -Las mujeres es la única cosa donde no vale la democracia, por lo menos en esta tierra-. -La mía es mía y la tuya es tuya-. Los escuchaba con cuidado mientras los observaba. Sus gestos, su modo de sentarse, el detalle de sus palabras, hasta las interjecciones, como si fuera a actuarlos, a  representarlos ante el resto, pero no. Les estaba haciendo un expediente silente de inconvenientes, falacias y errores con los que los empujaría con saña a la categoría inferior de silencioso y admirado auditorio. En realidad, aunque esa misma tarde se le hubieran caído tres fláis, el Filósofo era la estrella de la noche. El donjuán de la lengua afilada.

Habíamos llegado en el mismo barco y nos habían traído a esta unidad a terminar el entrenamiento que comenzamos en La Habana y continuamos en el barco. Ninguno de nosotros había participado en ningún combate y mucho menos habíamos salido del país anteriormente.  Estábamos admirados de la vegetación de aquel lugar y disfrutamos del clima, menos caluroso que en Cuba, que nos obligaba a amanecer todos los días con una chaqueta de abrigo.  Muy cerca comenzaba el pueblo y a unos pocos kilómetros se encontraba una gran unidad de combate que nos protegería ante cualquier problema. Nosotros “los bisoños” solo marchábamos, hacíamos tiro y ejercicios tácticos en el extenso campo enyerbado. También fue el Filósofo quien nos puso el raro nombrete. Decía que lo recordaba perfectamente de la traducción al español de las narraciones épicas  de Polevoi “Somos Hombres Soviéticos”, que su viejo le obligaba a leer en lugar de Salgari, al que consideraba un mentiroso que atribuía cualidades inexistentes a ciertas plantas del Caribe o de Malasia.  Éramos una tropa “bisoña” donde había hombres de más de cuarenta y hasta de cincuenta años, recién llegados a este ajeno lugar de África, en plan de guerra, a defender a estos oscuros pobladores con nuestra propia sangre.

Una tarde el filósofo dibujó una África imaginaria  en la punta de su índice y nos sacó un poco de la “trinchera de la ignorancia”. -Somos una tropa perpetuamente desorientada, que no sabemos ni donde estamos, ni a que venimos, ni mucho menos si fuimos invitados- dijo. Sellando la última palabra con la aguda punta del conocido índice. Ya había sostenido esa misma discusión con el político, un joven y valiente teniente que aún conservaba el brazo izquierdo en cabestrillo del reciente encuentro con el enemigo. Un oficial nada bisoño que conservaba firmemente la calma ante la andanada de argumentos del filósofo que se desbarrancaba en su afán de ganar la diatriba. Al final, el político le impuso el silencio con un sordo  -atenjoooó- que el filósofo acató de un salto con la mirada fría y atenazadora. Le explicó con cuatro frases bien breves lo que ya él sabía y le dio fin al incidente con otro sordo: ¿Entendido?, lo cual el filósofo ignoró catando el horizonte amarillento…

-¡Ah, y aproveche mejor la información política!- le ordenó el oficial con una brusquedad desconocida en él hasta ese momento.

A algunos nos pareció que el filósofo se había extralimitado con el teniente y se lo tratamos de decir esa noche en las literas. Después de todo, el verdadero asunto de vida o muerte que veníamos a solucionar era la guerra inminente, de la que muy difícilmente escaparíamos y mucho menos ilesos, y era demasiado tarde para decidir por quién; o contra quién era. En realidad, ya eso lo habían decidido quienes según nosotros y ellos mismos,  tenían el derecho indiscutible de hacerlo. Además, cuando nos movilizaron nos dieron la oportunidad de negarnos, aunque no lo hubieran preguntado directamente. Supimos de gente que se negó a venir y que dieron un espectáculo en el Comité Militar aludiendo enfermedades de los padres; que los muchachos estaban chiquitos; o que la mujer, la pobre, no era nadie sin ellos. 
Otros, simplemente, dijeron que no. También pasó lo contrario, gente que pidieron irse. A otros los acompañó el viejo o la mujer casi orgullosos de que se pudieran morir por gente desconocida  y no sabemos hasta qué punto si agradecida o no. Es probable que algunos hayan salido huyendo de un feo asunto, de un compromiso o de cualquier otro problema. Es probable que se hayan dejado cautivar por la aventura de ir a una guerra en África. Hay gente lo suficiente loca para eso y más. ¡Ah, y seguro no faltaron los oportunistas, los arribistas, los aduladores y hasta los cobardes; locos por quitarse el cartel con una pequeñísima, bien segura y aséptica heroicidad. Aunque no creíamos que el filósofo fuera como ninguno de esos. Él había venido por convicción… -y por Fidel. Seguro que hubiera agregado sin el más mínimo rubor. Lo cual no evitaría que tratara por todos los medios de dar su opinión sobre cada uno de los problemas que se presentaran  y tratara de imponerla con el mayor número de palabras posible;  sin que a nadie nunca se le ocurriera creer que esas palabras carecían de la veracidad y hasta de la autenticidad suficiente. El filósofo seguía siendo el hombre honesto de siempre, que no permitía la falta de respeto de no considerar sus pensamientos como probables, pero, además, se había hecho cargo de nuestra silenciosa aceptación y se había convertido en nuestro defensor, aun a riesgo de una reprimenda por parte del mando y hasta de una sanción.

Al día siguiente, en la formación el oficial instructor había hecho una clara alusión a los “conflictivos”, los “boquiduros” y los “hipercríticos” y, finalmente, se fue del tema, demostrando lo poco hábil que era para los sermones. Seguro que todos estábamos pensando en el filósofo que estaba en la escuadra de la extrema derecha inmóvil como una estatua de cera, pero no hizo el menor gesto.

El traslado hacia la unidad de combate se produjo por la noche en helicópteros. Con todo el armamento y listos para posicionarnos detrás de una tropa enemiga que atacaba a una unidad de fuerzas combinadas. Luchábamos por demostrar tranquilidad, aunque el corazón se nos escapaba por los ojos. Los oficiales y los miembros de la tripulación hacían la vista gorda y nos animaban con frases breves y palabrotas ante cualquier pequeño incidente.  Al poco tiempo estábamos en el aire. El filósofo iba junto a un joven teniente en un asiento improvisado con las mochilas, se sostenía del fusil como de un bastón innecesario y guardaba silencio. El viaje fue más largo de lo esperado y por suerte no había ningún combate, solo una oscuridad enorme que no nos dejaba ver por donde nos guiaban en silencio. Finalmente unas barracas de barro y unas extrañas cobijas para descansar.  El filósofo depositó sus cosas en un rincón y salió afuera con el fusil  sostenido en cruz entre los dos brazos.

 – Ahora vamos a chocar con la concreta- dijo para que todos lo oyeran mientras salía. El teniente del cabestrillo venía entrando cuando se produjo la explosión. Los cogió a los dos en pleno. Cuando nos decidimos a salir a ver qué había pasado; el teniente estaba tirado de espaldas sobre un charco de sangre que crecía rápidamente. La metralla le había cercenado el cuello, nos dimos cuenta de inmediato que no tenía salvación. Uno de nosotros, en un gesto inútil, le envolvió la parte sangrante con un pequeño pañuelo a cuadros azules, amarillo de churre. El mortero, o lo que fuera, había destrozado la entrada de la barraca, algunas tablas se hallaban tiradas por el piso y la tierra se había levantado ligeramente. Nadie pensó en el filósofo, quizá porque el cuerpo del teniente estaba atravesado casi a la entrada y nos ocupó toda la atención.

Estaba a unos cuatro metros de nosotros. Sentado en el piso, mirándonos con la misma cara de burla de cuando le contestábamos algún disparate, mientras se agarraba con las dos manos el muslo derecho, consternado ante el  amasijo de sangre negra, carne y tela que era su rodilla.

Cadetes, ayúdenme que no me quiero morir tan lejos de la casa- dijo antes de desmayarse.

No supimos más nada de él. Al día siguiente lo evacuaron junto al resto de los heridos y el cadáver del teniente, todavía con el brazo en cabestrillo y el pañuelito sucio innecesario en el cuello negro. El filósofo iba totalmente inmovilizado y silencioso como nunca.  

La siguiente noche algunos nos reunimos casi junto al lugar donde cayeron. Alguien intentó explicar que fue una granada de mortero lo que había caído directamente sobre ellos por una sencillísima ley física que el filósofo se había cansado de explicarnos. Pero finalmente el tema se desvió y volvió a la deriva de los recuerdos de la familia y de la próxima misión. El cadete al que el filósofo le había pronosticado la muerte tenía la misma “cara de baja”, pero estaba íntegro sobre sus pies pequeños. La felicidad andaba lejos disparando a discreción sobre cierta población civil; o sobre todas las personas que ese hoy cumplían 20 años, o todas las que a esa misma hora tenían su primer sexo, pequeño y agitado, con alguien que nunca va a ser el amor; pero que para ser la primera vez bien lo parece; porque la suerte también existe. Del hombre que nos faltaba solo queríamos algo para afirmarlo o negarlo en agradecimiento y en tanto, esperar que amanezcamos con vida.

 Creo que nunca supimos realmente cómo terminó la guerra, ni si finalmente la habíamos ganado de verdad, o si eso era importante. Creo que la mayor fortuna fue que regresamos. Algunos se asombraron de que a todos nos dieron medallas sin contar bien quién había sido más valiente o le había tocado el lugar más peligroso; pero creo que eso era bastante difícil de saber y haber llegado hasta el final contaba mucho más que haber muerto o haber salido malherido, por mucho que doliera. También nos quedó algún recuerdo de aquella aridez amarillenta que nos sirvió de espacio.

El filósofo nos hubiera servido para explicarnos qué pasaba que no sentíamos nada sublime; ni el raro sabor de la victoria era tal, ni el orgullo del uniforme, ni el espíritu solidario (ni un carajo). Solo unas ganas terribles de llegar;  de tomarnos una botella de ron cubano en el  fondo del patio de la casa y de acostarnos con una de aquellas muchachas del barrio que de pronto reaparecieron ante nuestros ojos hermosísimas.

*****

miércoles, 8 de abril de 2015

HABANA: RAP-ZONES DEL TOQUETEO

Por Amael Rubio -

Cuánto kilómetro de diferencia real puede causarnos la trayectoria casi geográfica del Tren Lechero Habana-Portland. Buen pretexto para ejercer el peligro de la literatura y darle largas al asunto de lo obvio y lo pagano, sin resistirnos apenas a ser un poquito cardíacos y memoriosos,  al ristre con las pusilánimes armas con que contamos.

¿Cómo será ese día que logremos que el tren nuestro  -lechero y todo-  llegue de pronto a Portland,  en hora,  y de pronto regrese a la Habana pese a tanto kilómetro de palabra y de vacío interponiéndose?

La Habana nunca llegará al cero grado (al menos mientras nosotros le duremos). No importa que un Yankee de Connecticut intente  “conectarse” poniendo una pista de hielo en Belascoaín y Malecón (como avisa un neoyorquino).

Esta es una ciudad de números más allá de cero. Hoy en la mañana fácilmente había 27 (Celsius). No pasó el ómnibus (amarillo-ex-escolar-canadiense) que nos privilegia el viaje al trabajo y tuve que subirme en la Ruta 83 y allí dentro había 30, o 31 (repito, Celsius).  Hay una cierta confianza entre nosotros, los de aquí, que nos permite transpirarnos a un centímetro, sin habernos visto nunca. Cara a cara. Cuerpo a cuerpo. Hay que admitir la palabra “toqueteo”, que es ese reacomodo y aprisionamiento en punta, ante el volumen y espacio de otro cuerpo (por demás, humano como el nuestro) hasta hoy desconocido, y que volverá a alcanzar tal categoría en cuanto avancemos, o avance, o por razones lógicas, retrocedamos (o retroceda) en nuestro deshecho plan de recorrido. Todo va a transcurrir de acuerdo al equilibrio de inocuidad y firmeza con que resistamos las presiones y los roces. Hay ventaja en los de la tercera edad por la consabida mayoritaria consideración y la confianza en que ya no podemos causar mucho efecto. Por ejemplo, hoy llegué de estrujón y de Eau de Cologne hasta los sesos por una buena causa mulata que buscó protección. Tuve que admitir que estoy vuelto un individuo la mayoría del tiempo por debajo de cero (Celsius). La muchacha me lo agradeció, pero he quedado consternado.

No pongo en duda que en Portland la gente se “toquetee”.  Hacerlo  es acción humana.
No importa si son Celsius o Fahrenheit los grados de la temperatura. Leí que Portland es una ciudad llena de parques. Los locales se reúnen en los parques y son amables, más que corteses. La cortesía “es asunto de los hombres no de los amantes”.  Quién quita que un apretujón a lo Portlandia tenga tanta temperatura como uno en la Habana, todo depende del amante, o de la amante, o de los amantes.

En la calle Concordia (Centro Habana)  hay un eterno club nocturno que nos servía de cabina de urgencias a cualquier hora del día. Uno detrás de otro, como fila de coches de tren lechero, se alineaban los reservados: mesa estrecha en el medio, de cada lado una roja butaca con sospechoso espacio para dos. Licor de menta con limón y granizo. Silencioso y lejano el camarero. La luz solo en la barra. El aire frío en pocas ocasiones. Todo por cinco de aquellos pesos de los ochenta. Casi siempre el mundo transpiraba bajo las cortinas. Pero eso no era “toquetearse” casualmente. Se fabricaban hombres en horas laborables (o se desperdiciaban por gusto y por placer). Aun se llama “Los Amantes” y parece remozado, pero se nos acabó el pretexto.

Aquí siempre la gente se ha toqueteado libremente, hay soberanía en eso. Aunque recuerdo con miedo a los gay de mis becas, aquellos que los tipos duros apalearon en la noche y no tuve los "cojoncitos" bien puestos para defenderlos. Solo porque se tomaron de las manos (se las apretujaron con apresuramiento). Observo a los gay porque me produce curiosidad su dramaturgia, ¿qué los torna gay, es decir “pájaros”, “locas” como decimos? Recuerdo que una vez ayudé efectivamente a unos conocidos y ellos en agradecimiento me invitaban a sus paseos y fiestas. Una noche otro amigo mío, secretamente gay, me increpó por andar de paseo “con esa turba de maricones”. Finalmente otro amigo, nada gay este último, aprovechó que me sustituyó en el cargo por un tiempo y les retiró toda la ayuda y los hizo desaparecer de nuestro entorno. Y yo volví a quedarme callado. Por suerte, aunque todavía hace falta que los defiendan, ya no es tanto. Tienen día, organización, bandera y hasta sombrilla. Las sombrillas son un hermoso arcoíris. Mi mujer se compró una y solo lo supe cuando la abrió como un sol una tarde bajo la lluvia. De nada valió explicarle. Sin solidaridad consciente alguna, la usó hasta que un viento habanero se la convirtió en un espinazo de alambre y trapo colorido. 

En la Habana veo como se acarician las parejas gay en los ómnibus y en cualquier parte de la ciudad de manera soberana y pienso que somos mejores personas por ello. Escribí hace un tiempo que este país siempre ha sido propenso a la inauguración, por aquello del primer ferrocarril, la televisión y el teléfono. Predije allí, sin el menor indicio, que en unos años seremos de los primeros países en eliminar la casilla de sexo de las planillas y los documentos legales.  Y que, en el futuro, seremos también de los pioneros en crear una asociación para defender los derechos de los heterosexuales.

No se preocupen, habrán bancos de esperma por la libre y seguiremos siendo hombres y mujeres, lo mismo en Portland que en la Habana.

jueves, 26 de marzo de 2015

Retrato al Carbón de Juventino Adulto.

Por Amael Rubio.  

…y cómo lo vio tan bruto

Juventino soñaba que era blanco. Su rostro perfecto de africano se volvía níveo en medio de la fase REM. Los negros agujeros de su nariz se tornaban de un rosa transparente entre una fina maraña de capilares azulosos. Sus bellas manos de chimpancé relucían como guantes de sirviente de hotel. Cuando despertaba, la vergüenza le cubría el cuerpo negro y se engullía en si mismo; temeroso de que le quedara algún rastro del color de la noche anterior.

Era un hombre de letras, profesor de escuela secundaria y lector tenaz de poesía y narrativa cubanas. Tenía sin embargo una pobre voz de gato ensortijado que le impedía declamar los versos del Poeta Nacional con la requerida voz de lucumí con trasfondo de rumba. Era parco y moderado y exigía a sus alumnos respuestas breves a sus breves preguntas.

En los días del sueño era hermético como una caja fuerte. No aceptaba favores. No cabeceaba en los ómnibus en sus viajes de regreso por temor a empezar a mancharse de blanco ante la presencia del resto de los pasajeros.

Azela, su mujer, una mulata de cuerpo descomunal, todas las noches al acostarse se abría en tijera perfecta ante sus ojos y le ofrecía, como de estreno, su entrepierna copiosamente cubierta de un vello boscoso que se extendía por el interior de sus muslos de  hierro hasta casi el comienzo de las  rodillas.  Lo hacía para molestarlo y a la vez recordarle que llevaba años sin cumplirle. El prefería correr el riesgo terrible de decolorarse antes de arriesgarse al naufragio en la maraña aquella.

Ella también era una mujer de letras, profesora de historia, fumadora empedernida. Mujer de otros.  –Por necesidad- se justificaba.  Ni a ella le había contado Juventino su aterradora experiencia onírica. No porque pudiera divulgarlo. El sabía cómo exigirle una extrema confidencialidad y ella como cumplirla. Es que no veía cómo pudiera ayudarle y corría el riesgo de que se burlara y le numerara entre risas las ventajas de llegar a ser blanco “en una sociedad socialista”.  La infalible coletilla que utilizaba cada vez que alguna ley o medida del gobierno la afectaba personalmente. El nunca respondía a la provocación. Solo chasqueaba la lengua y se alejaba silencioso.

Pensó que un hombre inteligente no se deja vencer tan fácilmente. Fue a la biblioteca del centro de la ciudad y se asombró de volver a hallar a la misma mujer de cuando se hizo el carnet de socio allá por los catorce. Conservaba el mismo cabello largo ligeramente ondeado traído al frente sobre el lado izquierdo, ahora ligeramente cano e hirsuto, reposando inquieto sobre la débil huella de un seno que fue hermoso. No lo reconoció aunque el la llamó por su nombre inolvidable y breve. Con su ayuda solicita consiguió varios textos y los leyó ávido allí mismo en la desierta sala de lectura. De nuevo topó con las referencias a los procesos REM que ya conocía y con el intenso Die Traumdeutung de Freud, desconocido para el hasta ese momento (a Freud lo conocía por la fuerza de una biografía que había leído en la cercana juventud y las discusiones sobre el psicoanálisis y la sexualidad tan populares en el Pedagógico).

Consultó con ella la posibilidad de una búsqueda en internet. El nuevo servicio se anunciaba en ariales oscuros sobre una hoja de papel pegada con cinta adhesiva a la izquierda del mural, justo debajo del anuncio del “libro de la semana”.

-Tienes que llenar una planilla y tener un motivo importante para que el director autorice la búsqueda-.

Le dijo en un tono sospechosamente conciliador; aunque dándole un énfasis especial a las palabras “motivo importante” para que parecieran una barrera no fácilmente franqueable.

-Es para el trabajo. Soy profesor-. Le dijo con su habitual maullido.

Ella lo sopesó con la mirada y le espetó. – ¿No será que tienes malos sueños y quieres saber la causa?-. Sin dejarlo contestar siguió. – Yo se lo que es eso. Tengo pesadillas todas las noches. Me acosan cadáveres podridos y me desangro entre las sábanas. Lo peor es que no puedo gritar. Soy casi consciente de que si no despierto moriré. Finalmente logro vencer la angustia y grito, entonces despierto. Últimamente sueño con mujeres sádicas que me besan y me ultrajan. A mí que nunca me han gustado las mujeres...mi último marido salió huyendo en una de esas noches de gritos y terror-.

Sintió que le había dicho lo del marido huido “para su conocimiento y efectos” y por un segundo tuvo deseos de confiarle su trastorno onírico con la melanina. Después de todo podía decirse que la bibliotecaria era una vieja conocida; aunque hiciera como veinte años que no la veía. Claro, -Clara se llamaba ella- los mismos que el no atravesaba el antiguo recinto de la biblioteca. A favor también estaba que ella no era de su estrecho círculo de conocidos y no habría riesgo de que lo comentara. Aunque pensó que eso no era seguro –nunca se sabe-. Los orientales somos gente gregaria y como decía su propio padre – conocen hasta al pipisigallo-. Lo malo es que era blanca. Se pondría a favor de la descolorante transformación y probablemente se le ofrecería en bandeja de plata sin el menor remilgo. Desde joven, a Juventino le gustó mucho su pelo sobre el hombro, las piernas parejas y los senos pequeños pero firmes, pero siempre se detuvo en que el era el carboncillo y ella el fondo níveo del retrato del amor. Nada que ver sin una mano diestra.

-Fui al psicólogo, al psiquiatra y a la cartomántica. Esa si supo explicarme y darme algunos remedios que a veces resultaron-. Continuó hablando como si el con su silencio le hubiera dado pie. –Me dijo que los sueños premonitorios existen, pero son difíciles de explicar porque son lo contrario de lo que reflejan, aunque no hay nada seguro. Si sueñas con la muerte es seguro salud, para el muerto o el enfermo; si hay tormenta es bonanza… ah, y si son números con los que sueñas son cábalas falsas que, en el mejor de los casos, se consiguen poniéndolos al revés-.

-Pon los zapatos en cruz bajo la cama y el clásico vaso de agua. Búscale una explicación práctica a tu sueño y confía en que no va a volver-. Le dijo en un susurro inclinándose sobre el oscuro pabellón auditivo de Juventino. El sintió la cercanía y aunque lo disfrutó se alejo un centímetro.

-Lo malo es que en cuanto pierdes la fe ya el remedio no sirve y el terror vuelve-.

Hizo un gesto con la cabeza para agradecerle sus palabras y a la vez recordó que su carencia de fe era innata y definitiva.

Llenó la solicitud de la búsqueda en Internet y le agradeció de nuevo en un tono más íntimo. – Gracias Clara, pero no es mi caso. Es solo para informar a los alumnos-. Se enorgulleció de su propia resistencia.


Antes de dormir vio sus zapatos parqueados junto a la cama como dos autos. Se acostó sobre el lado derecho, de espaldas al espacio vacío de la mujer que aun deambulaba por el cuarto.


La rutina del sueño llegó como un flechazo…por más que lo intentó no pudo comprobar si su piel había vuelto a cambiar. No podía ver. Extendió los brazos y palpó el cuerpo de Clara jadeando de placer entre el musgo abundante de los muslos de Azela. El sueño siguió hondo e igualitario…

martes, 17 de marzo de 2015

ECONOMIA LITERARIA EN LA HABANA…

Por Amael Rubio Acosta

A Cerviño y Castellanos, par…

En la librería de la calle Obispo hay bellas mujeres revoleteando entre los estantes. Andan de ajuar breve, con el pelo en desorden. Con aparente inteligencia y cuidado hojean los textos con olor a pegamento caro. Seguro que exagero. Probablemente sean mujeres descuidadas que fingen intereses literarios para atraer a algún joven talento que les suba la falda, o simplemente  madres en busca de un texto que sirva de pócima para calmar los bríos de esos niños que en Cuba a veces llamamos “chiquillos” con un espacio en blanco detrás o delante, para agregar términos como  “malditos”, “insoportables” y hasta “cabrones chiquillos” (con perdón).   


Pero yo tengo el mal de que por cualquier causa las mujeres me parecen hermosas. Excepto la que no tiene causa alguna, pobrecilla. La vista me engaña a cada rato y donde debería ver brujas veo otra cosa mejor. Por suerte casi siempre corrijo el tiro. O simplemente: no tiro. Estoy por los años del  preparen…apunten, pero de fuego nada. Más bien despreparen y desapunten.


El asunto es que voy casi todos los días a la librería Fayad…y no a revolotear (aun siendo otra época, “revolotear” para nosotros siempre ha significado algo raro)…voy a ver libros. Así con todas las letras, porque según las solapas los precios de los buenos libros compiten, cuando menos con los del paquete de perros calientes. No puedo negar que leer es nutrirse, pero no precisamente de proteínas, grasas y carbohidratos como lo requieren las ancestrales normas de la sobrevida. 


Un pequeño burócrata cubano del 2015, no puede aspirar a mayor concentrado sanguíneo y mucho menos a un buen texto si el presupuesto viene solo de su salario estatal. Así que simplemente me abstengo de comprar y solo cumplo el rito del paseo literario libre de gastos, (y casi de energía corporal, lo hago a paso breve y respiración pausada). Primero despacito por los títulos: los infantiles, encantadores: el cangrejo ermitaño, a escobazos con los caballos, damitas crueles, las magas en la cocina… (en días festivos le compro alguno a los nietos y les borro el precio con cuidado).


Luego paso por los estantes de los narradores, los ensayistas y el resto (los historiadores, los científicos, los políticos, etc.) y finalmente por el de los poetas -mis preferidos-. Primero los cubanos y luego los otros (qué cubano-cubano no cree que Cuba es el centro del universo).  A veces encuentro un texto de algún amigo, a los amigos los trato con “deferencia” y confiado les leo un par de versos. Una vez le dije a Soleida (Ríos) en medio de una noche caldosa de Santiago. “-Yo a Ud. la admiro, aunque a veces estoy cansado-” Justificando que pescaba improductivo en las profundas aguas de  aquella discusión de “alta poesía”.  Luego hasta me plagiaron la frase.  Hoy leí en su libro ESTRIAS: “todos mis libros son iguales y tienen los dientes amarillos igual que el sol…”


A veces me dan ganas de comprar alguno. Pero no es solo por el dinero, también parece que me he quedado leyendo los mismos libros de la juventud. Aquellos que me recomendó allá por el año 74, Efraín Nadereau, parapetado detrás de un resplandeciente sello de la UNEAC en el lado izquierdo del pecho… y luego todos los que se han ido atravesando en mi camino por tantos años. Aun prefiero textos sostenidos en el aire por algún arriesgado equilibrio de ficción, algo con túnico blanco de gasa trasparente que se le vea la música del cuerpo. Hoy hallé uno: Las Comidas de Lezama. Me quedé con ganas de comprarlo, pero no alcancé a los 15 pesos.  

lunes, 9 de marzo de 2015

El último tren lechero de mi madre…

Por Amael Rubio Acosta

A la vieja, increíble…

Candida Acosta, mi vieja [Habana, 1947]
Sé que no debió haber sido de esa manera, pero lo primero que me vino a la mente fueron aquellas clases de actuación casi clandestinas que nos dio Pedro -el flaco teatrista- en el Teatro del Pueblo ante un lunetario vacío, a plena diez de la mañana. Recordé un interesante y complicado ejercicio de pantomima donde concurrían a la vez varios hechos descontextualizados que había que vincular y dar sentido por medio de la improvisación del  “actor”.
En esta otra escena de la realidad, me había quedado perplejo ante el cadáver de mi madre, mientras alguien justo a mi lado hablaba por teléfono sobre salones de baile, cajas de cerveza, botellas de ron, cakes y bufets de fiesta, vestidos y trajes de baile, autos y taxis... Creo que no lo oía bien, pese a lo cercano. Me había quedado como extasiado en aquel rostro querido, aun cálido, estrenando el vacío y la pérdida. Allí no había nada que improvisar. La muerte se enseñoreaba en el cuerpo de mi madre y seguro que en el aíre, flotaban sus últimos dolores, su última incertidumbre, su pequeña batalla perdida y el mar oscurecido para siempre ante sus ojos que alguien compadecido, le había cerrado.
Estación Central de Ferrocarriles. Habana, Cuba
El tren ya definitivamente detenido, liberaba el calor de la última remontada por los elevados de la ciudad. Sus poderosos huesos aun quemaban al tacto. Quedaban pocos pasajeros buscando un taxi barato que los ayudara con tanto equipaje. Eran tiempos de cargar con la ración para no afectar la alimentación en la casa del familiar que te acogía en la capital. Era nuestro “tren lechero” de siempre: el No.1 cuando venía de Oriente, el No.3 cuando regresaba, o al revés. Culpable de nada, solo de la consabida parsimonia del homenaje tardío, como su propia existencia de tren de pobres.
La Estación Central seguía su marcha de saludos y despedidas, sin darle mucha importancia a que mi madre se había muerto de pronto en su salita de emergencias. Aunque yo y muchos otros, nos habíamos quedado definitivamente solos. De ella aprendí a amar la Habana. Desde muy joven venía por cualquier motivo. Creo que muchas veces vino simplemente por ver las avenidas y el mar, aunque le dijera al viejo que estaba muy enferma ...y venía al “Calixto” o  que alguno de la familia podría morir sin verla.

Alguien que no la amara pudo decir con rencor que “-la Habana, finalmente la había matado”-. Yo que la amé, digo que -vino a pagarle a la ciudad su deuda, con su alma simple y su olor irrepetible-.  Y claro, a estar el último rato conmigo. No lo dudo.
Cuando vino el carro fúnebre a recogerla, ya el tren no estaba y caía una llovizna imperceptible. Asordinados y lentos pasaban los autos con las luces bajas. Mi hermana lloraba en mi hombro conforme.... Finalmente, pudo cancelar por teléfono todos los aseguramientos de la fiesta de 15 de su hija menor. Motivo justificado -esta vez- para que mi madre viniera a celebrarlos.

domingo, 8 de marzo de 2015

Los Santos Desnudos

Por Amael Rubio Acosta

A mis socios de la adolescencia Macías, Mario, Roberto, el Garfio…

Nadie sabe cuando le empezaron a llamar Amarile, lo que si se sabe es que no fue en el barrio. Allí todos le decían Remberto, como le puso Remberto, su padre, el gallero. Un indio flaco con tres pelos canosos detrás de las orejas y unos dientes ambarinos  a causa del eterno cabo de tabaco que mordía mientras afeitaba a sus gallos dorados y hacía historias del tiempo de Maricastaña. De cuando España Chiquita llegaba a los bordes de Paseo y a la orilla del río y ningún negro se atrevía a mudarse al barrio de los gallegos. Remberto parecía muy viejo para ser el padre de Remberto, pero el muchacho lo respetaba más por eso y le pedía la bendición en las mañana cuando el hombre sacaba sus gallos de las jaulas donde dormían y los ponía a coger sol y a cantar en una coral interminable que se mezclaba con el radio-reloj de Marcela y los gritos de Nini espoleando a los hijos.
A Remberto nadie lo apuraba porque él no tenía madre y vivía con Remberto en el fondo del patio de gallos en un cuartico negro como la noche.  Llegaba el último a la fila un minuto antes de cantar el himno con una camisa demasiado blanca y demasiado planchada para un niño que vivía con un viejo gallero, era como si aquella no fuera su escuela y él estuviera de visita y por eso Elia, la maestra, no le exigía que tomara distancia y que abriera la boca para cantar el himno. Se sentaba en el muro a vernos bajo el sol, apretujados y cansados de la brega del matutino hasta que entrábamos. Llegaba el último y se sentaba junto a la pared del fondo y nunca la señorita le pidió la tarea ni lo mandó a la pizarra, ni le dio los bofetones que repartía democráticamente cuando se formaba algún problema. Eso si, era la flecha que nos llevaba la pelota de poli en medio del recreo y solo la compartía con Nivaldo, el gigante de sexto, el más abusador de todos, que solo respetaba a la directora que parecía una ratoncita, de tan bajita, cogiéndolo como a un conejo gordo por la oreja y amenazándolo con una regla más grande que ella.  
Remberto siempre decía que él era el mejor siol de Cuba y no era mentira. La gente se lo disputaba en los pitenes porque las cogía todas y le daba una línea a cualquiera. Cubría mucho terreno y era ágil y rápido, tenía el cuerpo de alambre de su padre, pero mucho más largo, más fuerte, más flexible, en verdad parecía que los bracitos iban a partírsele pero eran fuertes como cables. Su velocidad lo hacían un rival temible en las peleas, por eso era amigo de Nivaldo que en una ocasión le dio un golpe de sorpresa y le ponchó el ojo izquierdo.
El solo se lo cubrió por un momento y en un gesto de la mano se lo cerró y atacó a Nivaldo con tanta rapidez que lo tiró al piso y le ponchó el ojo izquierdo y el derecho y el gigante tuvo que pedir que se lo quitaran y así mismo con los ojos ponchados, cuando se paró le dio la mano y le dijo -cuenta conmigo, guapito-. Pero Remberto le dio la espalda y se fue rencoroso con el ojo dolorido, aunque después los vimos hablando bajito y planeando maldades juntos. Vivían exactamente en San Gregorio y el dos, en la misma esquina, en un pequeño cuadrado de tierra donde estaban las jaulas y los palos con los gallos amarrados y al fondo el cuarto desvencijado y oscuro como una cueva. Muchos creíamos que Remberto, el viejo, no entraba nunca allí, por muy temprano que nos levantáramos o por muy tarde que nos acostáramos estaba el viejo entre sus gallos como un Giro más con el cabo apagado y las venas oscuras de los brazos casi a flor de piel, sinuosas y vencidas por el paso del tiempo.  Al muchacho si lo veíamos salir o entrar, escurriéndose como un fantasma, con un short demasiado holgado y el pecho huesudo desnudo.  Solo se ponía la camisa blanca cuando salía para la escuela y en las noches frías de diciembre salía a la esquina con un viejo abrigo de ferroviario del viejo que le llegaba a la rodilla, pero solo con el short de caqui debajo. Jugábamos en el borde de la calle, con las hembras hasta las nueve, y después nosotros solos hasta que el viejo Remberto nos mandaba a dormir con un gesto agrio, como si ya estuviera cansado de hacerlo; hablaba despacio y dejaba la boca abierta como si la última letra no le acabara de salir de la garganta. Remberto era el primero que desaparecía en la boca del lobo y daba el ejemplo para la desbandada. Nos daba envidia el viejo, solo en la noche con su último gallo en el regazo.  A esa hora todo el mundo quería ser él, para ver la luna de la una y el airecito ligero de las dos.
Eran tiempos en que uno no se daba cuenta si la economía era buena o mala, a menos que llegara la fiesta de fin de curso o el trentiuno sin una camisita nueva que lucirle a Nenita, la hija de Concha, la mujer del florero. La novia de todos nosotros los varones de cuarto. Remberto era el único que la miraba con desprecio o con indiferencia, como si él fuera superior; aunque no fue por eso que nunca discutió con Remberto el problema de la camisa o los zapatos del fin de curso. Lo que hacía era que se sentaba en el borde de la acera con el mismo chorcito de siempre sin una queja y con la misma risita jadeante y sorda de otros días, amenazando con rompernos las camisitas nuevas de guinga sin la menor envidia.
El primer problema y las primeras dudas vinieron con el viaje al Puente Negro y al río de San Justo. Alguien lo contó en la esquina casi sin mencionar nombres. Remberto se tiró en la poceta más profunda sin saber nadar y se hundió por varios minutos pero luego salió nadando un poco torpemente, pero nadando y burlándose de todos. Cuando se iban se pusieron a orinar desde la orilla a ver quien ponía el chorro más lejos. Remberto no orinó, pero si observó a los demás con tanto interés que terminaron el juego de inmediato y guardaron sus delgados penes de adolescentes un poco asustados. Nadie comentó nada y volvieron corriendo y haciendo fuego a las pechitas y a los senserenicos, apaleando a los jubitos y retozando como cachorros, olvidados del hambre y de la hora. A todos los castigaron menos a Remberto. Fue fácil descubrir que se habían bañado en el río, solo con sacarle la ceniza del agua raspándole la piel de las piernas con las uñas y mirarle a los ojos rojizos de abrirlos bajo el turbio cauce.  Remberto se rió de todos porque el viejo ni se dio cuenta de dónde había pasado la tarde.
Muchas veces Remberto se perdía al salir de la escuela y no regresaba hasta que oscurecía. Volvía más flaco y macilento que nunca, muerto de hambre y hasta magullado. A veces nos decía que iba a jugar pelota a los campos del ferrocarril, donde se juega por dinero y hay que jugar con Pelencho y el Bruto,  dos hombrones que solo jugaban al jonrón y que por cualquier cosa se caían a golpes. Pero él seguía siendo el mejor siol de Cuba y le daba una línea a cualquiera.  A veces llegaba contando la línea que le dio a Pelencho en el tercero, o como al Bruto se le cayó el alacrán vivo que le anda por el cuerpo mientras batea cuando él le engarzó un rolin durísimo pegadito a segunda y lo sacó out, de calle, por mucho que el gigante corrió y por mucho que se revolcó en primera. Y que el tipo fue hasta el siol a darle cinco pesos y un pescozón por la cabeza por faltarle el respeto y ser tan bueno. El viejo nunca le dijo nada, al menos delante de uno de nosotros. Otras veces venía sombrío, más prieto que la tardenoche, contaba que se había ido a jugar balina a los barrios del sur, al potrero del inglés, a los yerberíos del Caribe a volar Cometa, o simplemente a conocer y a fajarse. Porque él quería ser un fajón y tener una navaja como la de Pelencho y que todo el mundo lo respetara, hasta nosotros que nos dábamos el lujo de saber que era un culicagao que no se atrevía con ninguna jevita. Ni con Dania, que cualquiera la toqueteaba y se quedaba tranquilita y le crecían los ojos y abría la boquita –con nueve años y tan puta-. Pero al final quién sabe en realidad lo que hacía, hasta cuando apareció el negro buscándolo. Vino con una carriola con cuatro cajas de bolas enormes que parecían de tren, con el cajón lleno de mamoncillos y los vendió todos casi regalados en la misma esquina. Dijo que lo iba a esperar a la hora que fuera, pero habló con el viejo Remberto y se fue como a las ocho. A las ocho y cuarto volvió Remberto y dijo que él no conocía a ningún negro y que no le debía nada a nadie y mucho menos a un negro feo, pero por la noche salió a la esquina con el viejo cuchillo de su padre en la cintura y miraba para San Gregorio, oscuro como la muerte, y para Santa Rita, negra como la Pirichi, pero no siguió bravuconeando.
El negro vino a la tercera noche, casi como a las diez. Lo sorprendió en medio de todos contando sus hazañas de mejor siol de Cuba y solo le dijo. – Tú lo que eres es tremendo maricón. Vine a buscar lo mío, dámelo, y no me hagas hablar delante de tanta gente, descarao, descará…-. El se puso de frente y empezó a pasarse la mano izquierda por encima de la boca como pensando qué insulto le iba a contestar al recién llegado. De pronto atravesó el patio de los gallos y se metió en la cueva casi corriendo y enseguida salió blandiendo un machetín oscuro, pero el negro se apendejó enseguida y se puso un poco más lejos. Le gritaba que le diera su dinero, pero no le repitió lo de maricón y lo de descarao… (y descará). Remberto se envalentonó y le cayó atrás y el negro salió huyendo hacia Cuartel y se perdieron en la noche y solo el viejo Remberto se aventuró a salir a buscarlo en aquellas calles oscuras con un gallo malatobo bajo el brazo y con los ojos fríos y el paso corto de  alguien que no tiene apuro, ni tiene miedo.

A Remberto se lo llevó Salazar, el policía que canta como Benny Moré, el papá de los tres hijos más chiquitos de Nini, que solo viene a dormir con ella a las tres de la mañana y se la tiempla sobre el bastidor que suena como el camioncito de Chichí cuando arranca por la madrugada. Se lo llevó sin esposarlo, por consideración a Remberto el gallero, que es un hombre mayor, dijo.
En el reclusorio de menores se destapó. Se fajó hasta con el oficial que lo atendía, que era un tipo buenísimo pero que lo revolcó contra el piso con una llave de lucha y lo dejó llorando de rabia impotente. Pero también fue a la provincial de pelota y pegó tres líneas y cogió un montón de rolins difíciles. Aunque en la guagua, cuando iban para el último juego se le tiró al quecher, un guajiro rubio ladrón de gallinas, y este le entró a patadas y le rompió la boca.  Pero nosotros, al menos yo, nunca supimos nada de eso, porque él jamás se ganaba un pase y el único que lo visitaba era el gallero y el pobre hombre solo decía que había crecido mucho y que era más alto que el más alto de nosotros, pero que seguía flaco y que no quería aprender. Pero de ahí nadie lo sacaba.
Decían que el negro se había muerto de las magulladuras del machetín mellado que le partió la carne y le rompió los huesos; porque Remberto no dejó de darle hasta que el viejo le gritó cuando lo adivinó como a cincuenta metros en la oscuridad. Que el negro andaba cobrándole por un negocio de carne entre hombre y hombre y el negro le cumplió por cinco pesos y él le prometió dárselos en cuanto le cogiera un rolin a Pelencho, pero el tiempo había pasado demasiado. Nadie creyó mucho el cuento porque… -ese javaito no tiene sangre de pato- dijo Chichí con la mitad del cuerpo tirada en medio de la calle y el resto debajo del camioncito. -Ese es guapo… y los maricones… son maricones-.
Fue cuando aprendimos que le llamaban Amarile. Por fin una tarde vino de pase, de la cárcel de mayores, vestido con una ropa blanca que parecía ajena, le quedaba ancha y se le escapaba de los brazos larguísimos como cables de barcos y de las piernas corvas, como ramas nuevas de Aroma. Nos recordó la mágica camisita escolar y la maestra Elia buscándolo con los ojos en medio del recreo para prevenir cualquier catástrofe.  Llegó en silencio como si se hubiera escapado, se metió en la cueva sin saludar a nadie, ni al viejo Remberto que lo vio pasar por su lado sin mirarlo, como un muerto. El viejo soltó el gallo y lo siguió despacio como pensando qué hacer con aquel gigante de madera y alambre.
Por la noche salió y se acercó al grupo del contén. Ha pasado el tiempo y algunos no nos sentamos al borde por alguna pequeña afectación de adulto o a cierto éxito primario y a todas luces insignificante. Pero nos quedamos de piernas abiertas, un pie en la acera y otro en la calle, para que se destacara la creciente portañuela y los pectorales, más por no haber otra cosa mejor, que por fidelidad. Tenía el esqueleto por fuera y la piel seca profusamente tatuada, pero nadie se atrevió a pedirle que lo mostrara. Las uñas de las manos eran largas y filosas y gesticulaba extrañamente. Contó algunas de sus guaperías en la prisión y sus rolins durísimos y las cogidas entre el polvo, y de los que sacó en primera y en jon. No preguntó por nadie, ni llamó a ninguno por su nombre, ni tocó a nadie en un gesto de confianza o para llamarle la atención, ni nos miró de frente. A ninguno. Algunas veces manoteó bien cerca de nosotros. Fue lo más que hizo. Las uñas destellaban en el aire acentuando las palabras. Nadie le preguntó nada. Cuando pareció darse cuenta de que estaba hablando casi solo se fue quedando callado; hasta que de pronto emitió una palabrota asordinada y se retiró al cuarto oscuro.
Esa noche nadie dijo nada, pero el silencio era gordo y en algún momento habría que darle camino.
Al día siguiente el viejo lo acompañó con un hermoso gallo dorado bajo el brazo como único lujo. Ese día Remberto parecía contento.
Al mes exacto supimos que lo habían asesinado. Como lo había previsto esa última noche. Por la espalda. Dicen que fue un canalla que  divulgó en la prisión que era -el marido de Amarile-  y él le desfiguró el rostro a puro piñazo, antes le advirtió que era -Amarile para los hombres y para las mujeres, pero no para cualquier basura-.

Cuando por fin hablamos de él alguien dijo que había sido el maricón más guapo del mundo, y el mejor siol…y un hombre respetuoso con su padre…y con las mujeres…y con los amigos que nunca quisieron ser suyos de verdad… y sobre qué hubiera pasado si aquel negro no se hubiera aparecido…aunque todo el mundo sabe que sobre todo habría sido un hombre triste, un tipo triste.